Traducción y corrección 

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El inglés nos invade

Publicado en 03/12/2015 por en Corrección, Traducción

Algunas multinacionales tienen la política interna de que sus empleados deben usar el inglés en sus comunicaciones escritas. Eso significa que dos españoles no pueden usar el español en sus correos de trabajo, por ejemplo. ¿Se sienten los empleados igual de cómodos con el inglés que con su lengua materna? ¿Afecta a la rotación de personal? ¿Repercute en los resultados de la empresa? Y lo que más me preocupa a mí, para qué nos vamos a engañar: ¿repercute en el castellano?

Rebecca Piekkari (Aalto University) ha estudiado el tema y nos lo explicó en una charla durante el I Congreso Internacional de Traducción Económica, Comercial, Financiera e Institucional de la Universidad de Alicante. Piekkari citó casos en que los empleados sentían que si les obligaban a usar solo inglés, su profesionalidad quedaba en entredicho: no se explicaban igual de bien y eso podía llegar a provocar que dejaran el trabajo o que optaran por no participar en ciertos temas o debates… «Si me llega en inglés, no me lo leo», afirmaba alguno de sus encuestados. ¿Se han planteado las empresas el coste que tiene eso?

Además, parece que a las multinacionales cada vez les parece más justificado no traducir los materiales corporativos y dejarlos en inglés «porque ya se entiende». Dos de mis clientes —una farmacéutica y una consultora—dejaron de traducir hace ya tiempo los estados financieros y los informes corporativos. Un gasto menos. Sin embargo, es más que evidente que la mayoría de la gente recibe mejor los contenidos en su idioma, por lo que quizá deberían plantearse qué coste real tiene ese «gasto menos».

Es probable que muchos tengan a alguien en la familia que se mueve en entornos así. Las conversaciones en Navidad a veces adoptan tintes surrealistas, ¿no es cierto? Parecen incapaces de construir una frase en castellano sin meter parrafadas en inglés. Al final es que no les sale hablar de contratos, ni de objetivos ni de contrataciones. Son palabras que parecen haberse borrado misteriosamente de su memoria.  De repente, entre langostino y langostino, y ante la pregunta de «¿qué tal el trabajo, Jaime?», te sueltan: «Ya hemos empezado con el recruiting porque el Mobile antes se consideraba un commodity y lo hacíamos por outsourcing, pero los de CX [léase Customer Experience] estaban hartos». Total, que oyes eso y se te atragantan los langostinos. Pero es que dentro de la empresa es siempre así: «Oye, Manolo, el agreement tiene el OK de Customer Service y de Management?». Ellos ya se entienden.

Reconozco que son casos peculiares: directivos que se mueven en entornos multinacionales, pragmáticos y con poquito interés por la lengua: simplemente les es más fácil no hacer el esfuerzo de pensar cuando se comunican, porque el que está al otro lado del teléfono ya les entiende, la comunicación es efectiva. Lo que yo denuncio tímidamente desde este humilde blog que nadie lee es que, inconscientemente, están destrozando el castellano.

Porque ya me está afectando hasta en los contextos más formales donde antes me respetaban mis esfuerzos de reconstrucción. El otro día un cliente de una universidad que solía cuidar la lengua me preguntó que por qué no había puesto que la tecnología era «más usable», que todo el mundo en el sector lo decía así. Le expliqué por qué, pero me acabó llamando la responsable y volvió a insistir en el «todo el mundo lo dice». Y lo que más me preocupa, si cabe, es que ese uso extendido empieza a ser un argumento habitual de las «autoridades lingüísticas» para aceptar esperpentos lingüísticos varios.

Como Rebecca Piekkari bien decía: «¿Quién habla la lengua? Las personas, no las empresas». ¿No vale la pena, pues, hacer un esfuerzo y traducir los materiales corporativos a la lengua del país? ¿No vale la pena que la gente se comunique en el idioma que conoce mejor? Al final, esa inseguridad que se crea entre los empleados roza el ridículo, como una vez, en vísperas de Navidad, en que me vi en un intercambio de correos más que sorprendente con un profesor universitario:

Correo 1: «Espero que pases unas felices fiestas»
Mi respuesta: «Muchas gracias, igualmente».
Correo 2: «Perdona, era para que me lo tradujeras».
Mi cara: «Glups».

 
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