Traducción y corrección 

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Nat King Cole y mi Navidad

Publicado en 17/12/2014 por en Sin categoría

El otro día escuchaba The Christmas Song, de Nat King Cole, que nos cantaba su Navidad hablándonos de asar castañas a la lumbre, de Jack Frost, de pavo, de muérdago, de Santa Claus.  Pensé que no podía traducirla (últimamente nos da por traducir canciones y tocarlas en familia).

(Si no lo estáis haciendo ya, escuchadla, a ver si os inspiráis.)

Es uno de esos casos en que hay que elegir: traduces las palabras y te transportas a los Estados Unidos o intentas adaptarla. Para que un español obtenga la misma sensación que un americano al escucharla, deberíamos hablar de estufas, bufandas, turrones, polvorones, villancicos, zambombas y, por supuesto, los Reyes Magos. En nuestra Navidad, nada de castañas, nada de duendes que hielan, nada de muérdago y solo un poco de Papá Noel (a pesar de).

The Christmas Song (Merry Christmas To You)

Chestnuts roasting on an open fire

Jack Frost nipping at your nose

Yuletide carols being sung by a choir

And folks dressed up like Eskimos

Everybody knows a turkey and some mistletoe

Help to make the season bright

Tiny tots, with their eyes all aglow

Will find it hard to sleep tonight

They know that Santa’s on his way

He’s loaded lots of toys and goodies on his sleigh

And every mother’s child is gonna spy

To see if reindeer really know how to fly

And so I’m offering this simple phrase

To kids from one to ninety-two

Although it’s been said many times, many ways

Merry Christmas to you

And so I’m offering this simple phrase

To kids from one to ninety-two

Although it’s been said many times, many ways

Merry Christmas to you

Pero quieras o no, a pesar de que habla de una realidad que no es la mía, escuchar esta canción me transporta a las Navidades de mi infancia, que empezaban el día que poníamos el Belén (será que las sensaciones que describe tienen poder nemotécnico). El 24 por la noche era ponernos guapos y salir para casa de mi abuela, donde siempre había mucha gente con mucha comida y muchos turrones y polvorones, villancicos y hasta zambombas. A las 12, Misa del Gallo, a pelarse de frío.Al día siguiente, te juntabas con la otra parte de la familia y nos desgañitábamos pegándole garrotazos al tió, al que le habíamos estado dando de comer durante las semanas anteriores. Con los primeros regalos, nos sentábamos a la mesa a comernos un plato de ese caldo que solo ese día tomas: el caldo de Navidad. El 26 seguía la fiesta: San Esteban. Volvíamos al escenario del día anterior para comer unos impresionantes canelones.

La siguiente cita importante, el 28 de diciembre, los Santos Inocentes, cuando llamábamos por teléfono con aquello de «Oiga, ¿aquí es donde lavan la ropa?». Y cómo te reías al ponerle los monigotes, recortados con esmero, al despistado de turno. El 31 a los niños nos daba un poco igual, porque tragarse las 12 uvas era una gesta, y los que se lo pasaban bien eran los mayores, con sus cotillones. Y por fin por fin por fin llegaba la Noche de Reyes.

Te habían estado amenazando desde hacía por lo menos dos meses: «Pórtate bien, que los Reyes te están mirando y no te van a traer lo que has pedido». Y el día que te portabas mal, te acostabas pidiendo perdón por si acaso. El día 5, hacia las 7 h, ya te abrigaba tu madre (gorro, bufanda, guantes y abrigo, «sin rechistar, que hace un frío que pela») para ir a la cabalgata. La carta —que habías intentado escribir con buena letra y sin faltas de ortografía— la dabas ese día, si no la habías mandado por correo o se la habías dado a algún paje.

Al llegar a casa, cenábamos cualquier cosa y, hechos un manojo de nervios, nos poníamos el pijama y preparábamos las cosas: tres vasos de leche, galletas, agua para los camellos. A veces polvorones. A veces hasta un coñac (mis padres me decían que los Reyes se lo merecían). Los zapatos, bien limpios, puestos en fila junto a la terraza. Nunca sabías si dejarlos juntos o si dejar espacio. Y luego a dormir. Bueno, a dormir… Te acostabas y escuchabas muy atentamente. Escuchabas mucho. Querías y no querías oírles entrar. Pero al final, nunca les oías. Y te levantabas el día 6, te ibas al comedor y…. ¡UALA! Solo quedaba ir a despertar a tus padres. Como energúmenos.

PS: FELIZ NAVIDAD.

 
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