Traducción y corrección 

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Textos: churros o perlas

Publicado en 05/10/2017 por en Corrección, Traducción

By Hannes Grobe/AWI (Own work) [CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons

 

A todo el mundo le gusta trabajar bien: leerse el texto con atención, traducirlo con mimo, releerlo con cariño, hacer el punteo para asegurarnos de que todo lo que está en el original también está en la traducción y volver a leerlo pausadamente, a ser posible en voz alta, pasado un tiempo razonable para ver el todo con un poco de distancia. Un buen cliente sabe que el trabajo bien hecho requiere su tiempo: si yo tengo el tiempo suficiente, ellos no tendrán trabajo revisando.

Yo suelo colaborar con tres tipos de cliente: departamentos de comunicación (periodistas); académicos (profesores universitarios) y servicios lingüísticos (filólogos o traductores). Sin embargo, durante un tiempo, salí de mi zona de confort, como está de moda decir, y metí un pie muy tímidamente en una piscina en la que el agua me parece heladita, un segmento que hacía tiempo que había dejado atrás, por diferentes motivos: las agencias de traducción.

Primero colaboré con una agencia irlandesa que me pagó bien pero me dijo que me mandaría x palabras y luego mandó 3.000 más y mantuvo el plazo, dejándome a mí con una jornada de 12 horas y agotada (el peor de los estados para entregar), y además me pedía memorias, descuentos y todo eso que piden las agencias. Luego trabajé con una agencia suiza que me pagó mucho, pero también con unas prisas horrorosas. Lo siguiente, una agencia francesa que me pedía descuento aduciendo que “ese era el precio de mercado para mi combinación”. Será que no hay marcas y precios para una simple aspiradora en el mercado, imaginemos si encima tenemos que meter al intelecto en la ecuación.

Pero no solo las agencias le piden peras al olmo, cuidado. También trabajo para algún organismo de esos que exigen textos impecables, pero te dan de viernes a martes para traducir 10.000 palabras especializadas y pobre de ti de que te olvides de lo que pone en su libro de estilo, aunque te pasen un texto por semestre. Tremendamente frustrante.

Porque veamos: ¿la traducción es un producto o es un trabajo intelectual? ¿Las traducciones deben hacerse como churros o con mimo? Para mí, la traducción es artesanal, única, hecha para ese cliente en ese momento teniendo en cuenta las circunstancias. Hay que dejar de pensar en palabra/dinero para recuperar la perspectiva del texto, que tiene que entenderse bien, y facilitarle la vida al lector. Al traductor, hay que darle tiempo para que trabaje y ayudarle si el original tiene problemas. Hay que darle feedback al principio. Somos personas.

Un jefe que tuve una vez solía comparar las traducciones con los coches y decía que una traducción podía ser (me lo invento) un Rolls-Royce, un Audi o un Hyundai. Todos te transportaban, pero de diferente manera, ¿verdad?  Yo, ya me perdonarán, pero algunos te hacen entregar bicicletas motorizadas, y luego le pasan el muerto al pobre corrector que va detrás y que tiene que hacer tu trabajo porque a ti te han hecho trabajar con la soga al cuello. ¿En qué cabeza cabe?

En fin, para mí, tratar las palabras como un producto,  aquello que en inglés llaman commoditization, no es adecuado. Es hacer traducciones como churros, y a mí me gustan las perlas. Qué le vamos a hacer…

 
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